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sobre mí

¿Por qué contratar a una traductora profesional?    

A veces los idiomas son traicioneros.

Quieres decir una cosa y ellos dicen otra.

Te pongo un ejemplo: tu texto dice que tu empresa lleva una década en el mercado. Bien. Como te parece que el francés se parece bastante y crees que traducir es fácil, vas y escribes que tu empresas lleva “une décade” en el mercado.
Década – décade.
¡Chupao! Hasta el acento está en la misma letra.

Sería fantástico, si no fuera por un pequeño detalle: «décade» en francés significa «10 días», y no 10 años, que era lo querías decir.

Tu mensaje es entonces muy diferente.
En vez de transmitir experiencia en el sector, estás diciendo que tu proyecto está en pañales…

Te podría dar muchos más ejemplos de este estilo, o contarte la vez que un empresario no aceptó mi presupuesto y prefirió encargar la traducción de su texto a un chico, francés también, más barato, pero que no tenía idea de traducción (y tampoco sabía mucho de castellano, por lo visto). Este empresario hizo luego trípticos A4 en varios idiomas en un papel de muy buena calidad y, después de que varios clientes franceses le dijeran que la traducción no se entendía y era «rara», me pidió que la mirara. Casi se puso a llorar cuando le dije que el texto francés era inservible y había que rehacerlo todo. Pero lo hizo, y esta vez conmigo. Le supuso una gran perdida de dinero.

Ya sabes, lo del dicho, «lo barato sale caro»… 

Ahora… 

¿Por qué contratarme a mí?

Me llamo Valérie Espinasse. De pequeña, mi madre me repetía una y otra vez que «la curiosité est un vilain défaut» (la curiosidad es un defecto muy feo»). Por suerte, no le hice caso y hoy, la curiosidad es mi principal cualidad.  

Soy francesa. Con mente cartesiana, aunque intuitiva a la vez. Necesito entender las cosas, así que si hay algo que no acabo de tener claro en tu texto, no voy a traducir de cualquier manera para salir del paso. Te pediré que me lo expliques.    

Mi padre era un lector asiduo y, cuando aún yo no sabía leer, me sentaba a su lado, cogía uno de sus libros e imaginaba historias. Estos momentos compartidos en silencio fueron la semilla de mi gusto por la lectura y la literatura. Mi gran ventana al mundo, y la mejor manera de perfeccionar ortografía y gramática. 

A los 12 años tenía claro que quería ser traductora. Me parecía una profesión apasionante y con mucho glamour. Ahora, después de 21 años en este oficio, la pasión sigue intacta, y mi visión es más… realista. 

Una de las cualidades necesarias para ser un buen traductor es… la curiosidad. Porque para cada traducción, es necesario documentarse, leer, empaparse del tema, saber casi tanto como la persona que redactó el texto original. ¡Qué bien que no le hice caso a mi madre en esto! 

Mi otra ventana al mundo fueron y son los viajes, primero en Europa y, a los 21 años, después de obtener mi licenciatura en filología española, en Colombia, donde trabajé como profesora de francés en dos universidades de Bogotá. Una experiencia transformadora.

Luego viví varios meses en Escocia, Inglaterra, Senegal. Y ahora en junio 2020 celebraré 25 años en Cataluña. Primero en Barcelona, y ahora en el Alt Empordà, en la Costa Brava (¡esto sí que tiene glamour!).

A la vuelta de Colombia, seguía teniendo claro que quería ser traductora. Para aprender el oficio, cursé un máster de traducción-interpretación en Estrasburgo. Y, unos años después, un postgrado en traducción literaria en Bruselas.

Además de inglés, castellano y catalán, hablo italiano y wolof. Pero no traduzco con estos dos últimos idiomas. Conozco mis límites.

Por el mismo motivo, tampoco traduzco al catalán y al inglés. Desde hace poco me estoy atreviendo a traducir de francés a castellano, ya que he alcanzado un nivel 

 

 

de casi bilingue, siempre y cuando una persona nativa revise después mis textos. 

Me encanta bailar. No tiene nada que ver con la traducción, pero me sienta fenomenal para compensar las horas que paso delante del ordenador y oxigenarme el cerebro. Después de bailar, soy más creativa.

Antes de ser traductora autónoma, trabajé 4 años en una multinacional del sector inmobiliario en Barcelona. Además de traducir, era la secretaria del director general y organizaba los eventos internacionales del grupo. Hasta un día vendí una oficina a una empresa americana. Esto gracias a que, el día que llamaron, era la única del despacho que hablaba inglés. Pero me cansé de este ritmo trepidante y, en cuanto se dieron las circunstancias, me instalé como autónoma. Eso fue en el siglo pasado (1999).

Empecé trabajando en la creación de varios diccionarios bilingües español-francés, y tuve la suerte de que un compañero reconocido en este sector me recomendó a sus clientes.

Siguieron encargos para instituciones como el Institut Ramon Llull, el CETMO, miles de páginas y unos cuantos libros. Me gusta ser un puente entre idiomas, entre culturas, y aprender cada dia.

Llevo una doble vida: desde hace unos años, soy también profesora de qi gong (pronunciar chi-kung) para adultos e instructora de Mindfulness para niños. Mi curiosidad me ha llevado hacia caminos llenos de quietud y muy gratificantes. Si también eres curios@ y quieres saber más sobre mi segunda personalidad, te invito a visitar mi otra página: www.mbootaay.com.


Llegados aquí, tengo algo que confesar…

Estoy afectada por el «síndrome del traductor»: no puedo leer un texto sin que me salten los eventuales errores a la vista.
No es que los busque.
Tengo la sensación de que los errores salen a mi encuentro.
Como imanes. 

Para mirar películas, prefiero la versión original con subtítulos.
Y aunque la película esté en francés y no necesite leer para entender lo que dicen los actores, no puedo evitar mirar si la traducción es buena, fiel, y comentar.
Eso sí, al terminar la película, nunca durante. 🙂

Lo mismo en el restaurante.
Suelo quedarme absorbida leyendo el menú en francés, si lo hay, pasando de la risa a exclamaciones horrorizadas. La última: en la sección de postres de una carta, tenían «Ananas caramélisée avec Rom». O sea, si lo traduzco literalmente, error de concordancia incluido: «Piña caramelizado con gitano romaní». En cuanto al Rom, la camarera me confirmó que no se trataba de una persona nómada de un país del Este, sino de ron, el alcohol. O sea rhum en «buen» francés.
Este día, no comí postre…

Cambiando de sector, quizás te suena lo que decía Coco Chanel: «Viste de forma vulgar y recordarán el vestido. Viste de forma elegante y recordarán a la mujer

Me parece que con los textos, ocurre lo mismo que con los vestidos. Un texto mal traducido y con errores distrae el lector. Deja de prestarle atención a tu mensaje, ya que su mente está intentando entender lo que quisiste decir o mirando de rectificar algún error.

En cambio… 

Si la traducción de tus textos es elegante, tus lectores y clientes extranjeros recordarán tu producto o servicio.

Si quieres que tus textos traducidos hagan lucir tu producto o servicio tal vestido de alta costura,

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